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 El fútbol a sol y sombra. Regalo de lectura previo a la cita mundialista. Este libro rinde homenaje al fútbol, música en el cuerpo, fiesta

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MensajeTema: El fútbol a sol y sombra. Regalo de lectura previo a la cita mundialista. Este libro rinde homenaje al fútbol, música en el cuerpo, fiesta   Miér Jun 09, 2010 8:39 pm

¿El opio de los pueblos?
¿En qué se parece el fútbol a Dios?. En la devoción que
le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que el
tienen muchos intelectuales.
En 1880, en Londres, Rudyard Kipling se burló del
fútbol y de «las almas pequeñas que pueden ser saciadas
por los embarrados idiotas que lo juegan». Un siglo
después, en Buenos Aires, Jorge Luis Borges fue más
que sutil: dictó una conferencias sobre le tema de la inmortalidad
el mismo día, y a la misma hora, en la selecci
ón argentina estaba disputando su primer partido en
el Mundial del ’78.
El desprecio de muchos intelectuales conservadores
se funda en la en la certeza de que la idolatría de la
pelota es la superstición que el pueblo merece. Poseída
por el fútbol, la plebe piensa con los pies, que es lo suyo,
y en ese goce subalterno se realiza. El instinto animal se
impone a la razón humana, la ignorancia aplasta a la
Cultura, y así la chusma tiene lo que quiere.
En cambio, muchos intelectuales de izquierda descalifican
al fútbol porque castra a las masas y desvía su
energía revolucionaria. Pan y circo, circo sin pan: hipnotizados
por la pelota, que ejerce una perversa fascinaci
ón, los obreros atrofian su conciencia y se dejan llevar
como un rebaño por sus enemigos de clase.
Cuando el fútbol dejó de ser cosas de ingleses y de
ricos, en el Río de la Plata nacieron los primeros clubes
populares, organizados en los talleres de los ferrocarriles
y en los astilleros de los puertos. En aquel entonces,
algunos dirigentes anarquistas y socialistas denunciaron
esta maquinación de la burguesía destinada a evitar
la huelgas y enmascarar las contradicciones sociales.
La difusión del fútbol en el mundo era el resultado de
una maniobra imperialista para mantener en la edad
infantil a los pueblos oprimidos.
Sin embargo, el club Argentinos Juniors nació llamándose
Mártires de Chicago, en homenaje a los obreros
anarquistas ahorcados un primero de mayo, y fue un
primero de mayo el día elegido para dar nacimiento al
club Chacarita, bautizado en una biblioteca anarquista
de Buenos Aires. En aquellos primeros años del siglo,
no faltaron intelectuales de izquierda que celebraron al
fútbol en lugar de repudiarlo como anestesia de la conciencia.
Entre ellos, el marxista italiano Antonio Gramsci,
que elogió «este reino de la lealtad humana ejercida al
aire libre».

La pelota como bandera
En el verano de 1916, en plena guerra mundial, un
capitán inglés se lanzó al asalto pateando una pelota. El
capitán Nevill saltó del parapeto que lo protegía, y corriendo
tras la pelota encabezó el asalto contra las trincheras
alemanas. Su regimiento, que vacilaba, lo siguió.
El capitán murió de un cañonazo, pero Inglaterra conquist
ó aquella tierra de nadie y pudo celebrar la batalla como
la primera victoria del fútbol inglés en el frente de guerra.
Muchos años después, ya en los fines del siglo, el due-
ño del club Milan ganó las elecciones italianas con una
consigna, Forza Italia!, que provenía de las tribunas de
los estadios. Silvio Berlusconi prometió que salvaría a
Italia como había salvado al Milan, el superequipo campe
ón de todo, y los electores olvidaron que algunas de
sus empresas estaban a la orilla de la ruina.
El fútbol y la patria están siempre atados; y con frecuencia
los políticos y los dictadores especulan con esos
vínculos de identidad. La escuadra italiana ganó los
mundiales del ’34 y del ’38 en nombre de la patria y de
Eduardo Galeano

El estadio
Ha entrado usted, alguna vez, a un estadio vacío? Haga
la prueba. Párese en medio de la cancha y escuche. No
hay nada menos vacío que un estadio vacío. No hay nada
menos mudo que las gradas sin nadie. En Wembley suena
todavía el griterío del Mundial del 66, que ganó Inglaterra,
pero aguzando el oído puede usted escuchar gemidos
que vienen del 53, cuando los húngaros golearon a
la selección inglesa. El Estadio Centenario, de Montevideo,
suspira de nostalgia por las glorias del fútbol uruguayo.
Maracaná sigue llorando la derrota brasileña en
el Mundial del 50. En la Bombonera de Buenos Aires,
trepidan tambores de hace medio siglo. Desde las profundidades
del estadio Azteca, resuenan los ecos de los
cánticos ceremoniales del antiguo juego mexicano de
pelota. Habla en catalán el cemento del Camp Nou, en
Barcelona, y en euskera conversan las gradas de San
Mamés, en Bilbao. En Milán, el fantasma de Giuseppe
Meazza mete goles que hacen vibrar al estadio que lleva
su nombre. La final del Mundial del 74, que ganó Alemania,
se juega día tras día y noche tras noche en el
Estadio Olímpico de Munich. El estadio del rey Fahd, en
Arabia Saudita, tiene palco de mármol y oro y tribunas
alfombradas, pero no tiene memoria ni gran cosa que
decir.
13
El fútbol a sol y sombra
El hincha
Una vez por semana, el hincha huye de su casa y asiste
al estadio.
Flamean las banderas, suenan las matracas, los cohetes,
los tambores, llueven las serpientes y el papel picado;
la ciudad desaparece, la rutina se olvida, sólo existe
el templo. En este espacio sagrado, la única religión que
no tiene ateos exibe a sus divinidades. Aunque el hincha
puede contemplar el milagro, más cómodamente,
en la pantalla de la tele, prefiere emprender la peregrinaci
ón hacia este lugar donde puede ver en carne y hueso
a sus ángeles, batiéndose a duelo contra los demonios
de turno.
Aquí, el hincha agita el pañuelo, traga saliva, glup,
traga veneno, se come la gorra, susurra plegarias y maldiciones
y de pronto se rompe la garganta en una ovaci
ón y salta como pulga abrazando al desconocido que
grita el gol a su lado. Mientras dura la misa pagana, el
hincha es muchos. Con miles de devotos comparte la
certeza de que somos los mejores, todos los árbitros est
án vendidos, todos los rivales son tramposos.
Rara vez el hincha dice: «hoy juega mi club». Más bien
dice: «Hoy jugamos nosotros». Bien sabe este jugador
número doce que es él quien sopla los vientos de fervor
que empujan la pelota cuando ella se duerme, como bien
saben los otros once jugadores que jugar sin hinchada
es como bailar sin música.
Cuando el partido concluye, el hincha, que no se ha
movido de la tribuna, celebra su victoria; qué goleada
14
Eduardo Galeano
les hicimos, qué paliza les dimos, o llora su derrota; otra
vez nos estafaron, juez ladrón. Y entonces el sol se va y
el hincha se va. Caen las sombras sobre el estadio que
se vacía. En las gradas de cemento arden, aquí y allá,
algunas hogueras de fuego fugaz, mientras se van apagando
las luces y las voces. El estadio se queda solo y
también el hincha regresa a su soledad, yo que ha sido
nosotros: el hincha se aleja, se dispersa, se pierde, y el
domingo es melancólico como un miércoles de cenizas
después de la muerte del carnaval.
15
El fútbol a sol y sombra
El fanático
El fanático es el hincha en el manicomio. La manía de
negar la evidencia ha terminado por echar a pique a la
razón y a cuanta cosa se le parezca, y a la deriva navegan
los restos del naufragio en estas aguas hirvientes,
siempre alborotadas por la furia sin tregua.
El fanático llega al estadio envuelto en la bandera del
club, la cara pintada con los colores de la adorada camiseta,
erizado de objetos estridentes y contundentes, y ya
por el camino viene armando mucho ruido y mucho lío.
Nunca viene solo. Metido en la barra brava, peligroso
ciempiés, el humillado se hace humillante y da miedo el
miedoso. La omnipotencia del domingo conjura la vida
obediente del resto de la semana, la cama sin deseo, el
empleo sin vocación o el ningún empleo: liberado por un
día, el fanático tiene mucho que vengar.
En estado de epilepsia mira el partido, pero no lo ve.
Lo suyo es la tribuna. Ahí está su campo de batalla. La
sola existencia del hincha del otro club constituye una
provocación inadmisible. El Bien no es violento, pero el
Mal lo obliga. El enemigo, siempre culpable, merece que
le retuerzan el pescuezo. El fanático no puede distraerse,
porque el enemigo acecha por todas partes. También
está dentro del espectador callado, que en cualquier
momento puede llegar a opinar que el rival está jugando
correctamente, y entonces tendrá su merecido.
16
Eduardo Galeano
El jugador
Corre, jadeando, por la orilla. A un lado lo esperan los
cielos de la gloria; al otro, los abismos de la ruina.
El barrio lo envidia: el jugador profesional se ha salvado
de la fábrica o de la oficina, le pagan por divertirse,
se sacó la lotería. Y aunque tenga que sudar como una
regadera, sin derecho a cansarse ni a equivocarse, él
sale en los diarios y en la tele, las radios dicen su nombre,
las mujeres suspiran por él y los niños quieren imitarlo.
Pero él, que había empezado jugando por el placer
de jugar, en las calles de tierra de los suburbios, ahora
juega en los estadios por el deber de trabajar y tiene la
obligación de ganar o ganar.
Los empresarios lo compran, lo venden, lo prestan; y él
se deja llevar a cambio de la promesa de más fama y más
dinero. Cuanto más éxito tiene, y más dinero gana, más
preso está. Sometido a disciplina militar, sufre cada día el
castigo de los entrenamientos feroces y se somete a los
bombardeos de analgésicos y las infiltraciones de cortisona
que olvidan el dolor y mienten la salud. Y en las vísperas
de los partidos importantes, lo encierran en un campo
de concentración donde cumple trabajos forzados, come
comidas bobas, se emborracha con agua y duerme solo.
En los otros oficios humanos, el ocaso llega con la
vejez, pero el jugador de fútbol puede ser viejo a los treinta
años. Los músculos se cansan temprano:
-Éste no hace un gol ni con la cancha en bajada.
-¿Éste? Ni aunque le aten las manos al arquero.
O antes de los treinta, si un pelotazo lo desmaya de
mala manera, o la mala suerte le revienta un músculo, o
una patada le rompe un hueso de esos que no tienen
arreglo. Y algún mal día el jugador descubre que se ha
jugado la vida a una sola baraja y que el dinero se ha
volado y la fama también. La fama, señora fugaz, no le
ha dejado ni una cartita de consuelo.
17
El fútbol a sol y sombra
El arquero
También lo llaman portero, guardameta, golero, cancerbero
o guardavallas, pero bien podría ser llamado
mártir, paganini, penitente o payaso de las bofetadas.
Dicen que donde él pisa, nunca más crece el césped.
Es un solo. Está condenado a mirar el partido de lejos.
Sin moverse de la meta aguarda a solas, entre los
tres palos, su fusilamiento. Antes vestía de negro, como
el árbitro. Ahora el árbitro ya no está disfrazado de cuervo
y el arquero consuela su soledad con fantasías de
colores.
Él no hace goles. Está allí para impedir que se hagan.
El gol, fiesta del fútbol: el goleador hace alegrías y el
guardameta, el aguafiestas, las deshace.
Lleva a la espalda el número uno. ¿Primero en cobrar?
Primero en pagar. El portero siempre tiene la culpa.
Y si no la tiene, paga lo mismo. Cuando un jugador
cualquiera comete un penal, el castigado es él: allí lo
dejan, abandonado ante su verdugo, en la inmensidad
de la valla vacía. Y cuando el equipo tiene una mala tarde,
es él quien paga el pato, bajo una lluvia de pelotazos,
expiando los pecados ajenos.
Los demás jugadores pueden equivocarse feo una vez
o muchas veces, pero se redimen mediante una finta
espectacular, un pase magistral, un disparo certero: él
no. La multitud no perdona al arquero. ¿Salió en falso?
¿Hizo el sapo? ¿Se le resbaló la pelota? ¿Fueron de seda
los dedos de acero? Con una sola pifia, el guardameta
arruina un partido o pierde un campeonato, y entonces
el público olvida súbitamente todas sus hazañas y lo
condena a la desgracia eterna. Hasta el fin de sus días lo
perseguirá la maldición.
18
Eduardo Galeano
El gol
El gol es el orgasmo del fútbol. Como el orgasmo, el
gol es cada vez menos frecuente en la vida moderna.
Hace medio siglo, era raro que un partido terminara
sin goles: 0 a 0, dos bocas abiertas, dos bostezos. Ahora,
los once jugadores se pasan todo el partido colgados del
travesaño, dedicados a evitar los goles y sin tiempo para
hacerlos.
El entusiasmo que se desata cada vez que la bala blanca
sacude la red puede parecer misterio o locura, pero
hay que tener en cuenta que el milagro se da poco.
El gol, aunque sea un golecito, resulta siempre
gooooooooooooooooooooooool en la garganta de los relatores
de radio, un do de pecho capaz de dejar a Caruso
mudo para siempre, y la multitud delira y el estadio se
olvida de que es de cemento y se desprende de la tierra y
se va al aire.

El ídolo
Y un buen día la diosa del viento besa el pie del hombre,
el maltratado, el despreciado pie, y de ese beso nace
el ídolo del fútbol. Nace en cuna de paja y choza de lata
y viene al mundo abrazado a una pelota.
Desde que aprende a caminar, sabe jugar. En sus años
tempranos alegra los potreros, juega que te juega en los
andurriales de los suburbios hasta que cae la noche y
ya no se ve la pelota, y en sus años mozos vuela y hace
volar en los estadios. Sus artes malabares convocan
multitudes, domingo tras domingo, de victoria en victoria,
de ovación en ovación.
La pelota lo busca, lo reconoce, lo necesita. En el pecho
de su pie, ella descansa y se hamaca. Él le saca
19

Eduardo Galeano
El director técnico
Antes existía el entrenador, y nadie le prestaba mayor
atención. El entrenador murió, calladito la boca, cuando
el juego dejó de ser juego y el fútbol profesional necesit
ó una tecnocracia del orden. Entonces nació el director
técnico, con la misión de evitar la improvisación, controlar
la libertad y elevar al máximo el rendimiento de
los jugadores, obligados a convertirse en disciplinados
atletas.
El entrenador decía:
Vamos a jugar.
El técnico dice:
Vamos a trabajar.
Ahora se habla en números. El viaje desde la osadía
hacia el miedo, historia del fútbol en el siglo veinte, es
un tránsito desde el 2-3-5 hacia el 5-4-1. pasando por el
4-3-3 y el 4-4-2. Cualquier profano es capaz de traducir
eso, con un poco de ayuda, pero después, no hay quien
pueda. A partir de allí, el director técnico desarrolla fórmulas
misteriosas como la sagrada concepción de Jes
ús, y con ellas elabora esquemas tácticos más
indescifrables que la Santísima Trinidad.
Del viejo pizarrón a las pantallas electrónicas; ahora
las jugadas magistrales se dibujan en una computadora
y se enseñan en video. Esas perfecciones rara vez se
ven, después, en los partidos que la televisión transmite.
Más bien la televisión se complace exhibiendo la cris21

pación en el rostro del técnico, y lo muestra mordiéndose
los puños o gritando orientaciones que darían vuelta
al partido si alguien pudiera entenderlas.
Los periodistas lo acribillan en la conferencia de prensa,
cuando el encuentro termina. El técnico jamás cuenta
el secreto de sus victorias, aunque formula admirables
explicaciones de sus derrotas:
Las instrucciones eran claras, pero no fueron escuchadas,
dice, cuando el equipo pierde por goleada ante
un cuadrito de morondanga. O ratifica la confianza en sí
mismo, hablando en tercera persona más o menos así:
«Los reveses sufridos no empañan la conquista de una
claridad conceptual que el técnico ha caracterizado como
una síntesis de muchos sacrificios necesarios para llegar
a la eficacia».
La maquinaria del espectáculo tritura todo, todo dura
poco, y el director técnico es tan desechable como cualquier
otro producto de la sociedad de consumo. Hoy el
público le grita:
¡No te mueras nunca!
Y el Domingo que viene lo invita a morirse.
El cree que el futbol es una ciencia y la cancha un
laboratorio, pero los dirigentes y la hinchada no sólo le
exigen la genialidad de Einstein y la sutileza de Freud,
sino también la capacidad milagrera de la Virgen de
Lourdes y el aguante de Gandhi.

El árbitro es arbitrario por definición. Éste es el abominable
tirano que ejerce su dictadura sin oposición posible
y el ampuloso verdugo que ejecuta su poder absoluto
con gestos de ópera. Silbato en boca, el árbitro sopla
los vientos de la fatalidad del destino y otorga o anula
los goles. Tarjeta en mano, alza los colores de la condenaci
ón: el amarillo, que castiga al pecador y lo obliga al
arrepentimiento, y el rojo, que lo arroja al exilio.
Los jueces de línea, que ayudan pero no mandan,
miran de afuera. Sólo el árbitro entra al campo de juego;
y con toda razón se persigna al entrar, no bien se asoma
ante la multitud que ruge.
Su trabajo consiste en hacerse odiar. Única unanimidad
del fútbol: todos lo odian. Lo silban siempre, jamás
lo aplauden. Nadie corre más que él. Él es el único que
está obligado a correr todo el tiempo. Todo el tiempo galopa,
deslomándose como un caballo, este intruso que
jadea sin descanso entre los veintidós jugadores; y en
recompensa de tanto sacrificio, la multitud aúlla exigiendo
su cabeza. Desde el principio hasta el fin de cada
partido, sudando a mares, el árbitro está obligado a perseguir
la blanca pelota que va y viene entre los pies ajenos.
Es evidente que le encantaría jugar con ella, pero
jamás esa gracia le ha sido otorgada. Cuando la pelota,
por accidente, le golpea el cuerpo, todo el público recuerda
a su madre. Y sin embargo, con tal de estar ahí, en el
sagrado espacio verde donde la pelota rueda y vuela, él
aguanta insultos, abucheos, pedradas y maldiciones.
A veces, raras veces, alguna decisión del arbitro coincide
con la voluntad del hincha, pero ni así consigue
probar su inocencia. Los derrotados pierden por él y los
victoriosos ganan a pesar de él. Coartada de todos los
errores, explicación de todas las desgracias. Los hinchas
23
El fútbol a sol y sombra
tendrían que inventarlo si él no existiera. Cuánto más lo
odian, más lo necesitan.
Durante más de un siglo, el árbitro vistió de luto. ¿Por
quién? Por él. Ahora disimula con colores.
El Fútbol Criollo
Fue un proceso imparable. Como el tango, el futbol
crecio desde los suburbios... Lindo viaje habia hecho el
futbol: habia sido organizado en los colegios y universidades
inglesas, y en America del Sur alegraba la vida de
gente que nunca habia pisado una escuela.
En las canchas de Buenos Aires y de Montevideo, nacia
un estilo. Una manera propia de jugar al futbol iba
abriendose paso, mientras una manera propia de bailar
se afirmaba en los patios milongueros. Los bailarines
dibujaban filigranas, floreandose en una sola baldoza, y
los futbolistas inventaban su lenguaje en el minusculo
espacio donde la pelota no era pateada sino retenida y
poseida, como si los pies fueran manos trenzando el
cuero. Y en los pies de los primeros virtuosos criollos,
nacio el toque: la pelota tocada como si fuera guitarra,
fuente de musica.
Simultaneamente, el futbol se tropicalizaba en Rio de
Janeiro y San Pablo. Eran los pobres quienes lo enriquecian,
mientras lo expropiaban. Este deporte extranjero
se hacia brasileno a medida que dejaba de ser el privilegio
de unos pocos jovenes acomodados, que lo jugaban
copiando, y era fecundado por la energia creadora del
pueblo que lo descubria. Y asi nacia el futbol mas hermoso
del mundo, hecho de quiebres de cintura, ondulaciones
de cuerpo y vuelos de piernas que venian de la capoeira,
danza guerrera de los esclavos negros, y de los bailongos
alegres de los arrabales de las grandes ciudades.
24
Eduardo Galeano
El lenguaje de los doctores del fútbol
Vamos a sintetizar nuestro punto de vista, formulando
una primera aproximación a la problemática táctica,
técnica y física del cotejo que se ha disputado esta tarde
en el campo del Unidos Venceremos Fútbol Club, sin
caer en simplificaciones incompatibles con un tema que
sin duda nos está exigiendo análisis más profundos y
detallados y sin incurrir en ambigüedades que han sido,
son y serán ajenas a nuestra prédica de toda una vida al
servicio de la afición deportiva.
Nos resultaría cómodo eludir nuestra responsabilidad
atribuyendo el revés del once locatario a la discreta performance
de sus jugadores, pero la excesiva lentitud que
indudablemente mostraron en la jornada de hoy a la
hora de devolucionar cada esférico recepcionado no justifica
de ninguna manera, entiéndase bien, señoras y
señores, de ninguna manera, semejante descalificación
generalizada y por lo tanto injusta. No, no y no. El conformismo
no es nuestro estilo, como bien saben quienes nos
han seguido a lo largo de nuestra trayectoria de tantos
años, aquí en nuestro querido país y en los escenarios
del deporte internacional e incluso mundial, donde hemos
sido convocados a cumplir nuestra modesta función.
Así que vamos a decirlo con todas las letras, como es
nuestra costumbre: el éxito no ha coronado la potencialidad
orgánica del esquema de juego de este esforzado
equipo porque lisa y llanamente sigue siendo incapaz de
canalizar adecuadamente sus espectativas de una mayor
proyección ofensiva hacia el ámbito de la valla ri-val.
Ya lo decíamos el Domingo próximo pasado y así lo afirmamos
hoy, con la frente alta y sin pelos en la lengua,
porque siempre hemos llamado al pan pan y al vino vino
y continuaremos denunciando la verdad, aunque a muchos
les duela, caiga quien caiga y cueste lo que cueste.

Eduardo Galeano
Romario
Venido desde quién sabe qué región del aire, el tigre
aparece, pega su zarpazo y se esfuma. El arquero, atrapado
en su jaula, no tiene tiempo ni de pestañear. En
un fogonazo, Romario asesta sus goles de media vuelta,
de chilena, de volea, de chanfle, de taco, de punta, o de
perfil.
Romario nació en la miseria, en la favela de
Jacarezinho, pero desde niño ensayaba la firma para los
muchos autógrafos que iba a firmar en la vida. Trepó a
la fama sin pagar los impuestos de la mentira obligatoria:
este hombre muy pobre se dio siempre el lujo de
hacer lo que quería, disfrutón de la noche, parrandero,
y siempre dijo lo que pensaba sin pensar lo que decía.
Ahora tiene una colección de Mercedes Benz y doscientos
cincuenta pares de zapatos, pero sus mejores amigos
siguen siendo aquellos impresentables buscavidas
que en la infancia le enseñaron el secreto del zarpazo.
Maradona
Jugó, venció, meó, perdió. El análisis delató efedrina
y Maradona acabó de mala manera su Mundial del 94.
La efedrina, que no se considera droga estimulante en el
deporte profesional de los Estados Unidos y de muchos
otros países, está prohibida en las competencias internacionales.
Hubo estupor y escándalo. Los truenos de la condenaci
ón moral dejaron sordo al mundo entero, pero mal
que bien se hicieron oír algunas voces de apoyo al ídolo
caído. Y no sólo en su dolorida y atónita Argentina, sino
en lugares tan lejanos como Bangladesh, donde una
manifestación numerosa rugió en las calles repudiando
a la FIFA y exigiendo el retorno del expulsado. Al fin y al

cabo, juzgarlo era fácil, y era fácil condenarlo, pero no
resultaba tan fácil olvidar que Maradona venía cometiendo
desde hacía años el pecado dc ser el mejor, el
delito de denunciar a viva voz las cosas que el poder
manda callar y cl crimen de jugar con la zurda, lo cual,
según el Pequeño Larousse Ilustrado, significa «con la
izquierda» y también significa «al contrario de como se
debe hacer».
Diego Armando Maradona nunca había usado estimulantes,
en vísperas dc los partidos, para multiplicarse el
cuerpo. Es verdad que había estado metido en la cocaí-
na, pero se dopaba en las fiestas tristes, para olvidar o
ser olvidado, cuando ya estaba acorralado por la gloria y
no podía vivir sin la fama que no lo dejaba vivir. Jugaba
mejor que nadie a pesar de la cocaína, y no por ella.
Él estaba agobiado por el peso de su propio personaje.
Tenía problemas en la columna vertebral, desde el
lejano día en que la multitud había gritado su nombre
por primera vez. Maradona llevaba una carga llamada
Maradona, que le hacía crujir la espalda. El cuerpo como
metáfora: le dolían las piernas, no podía dormir sin pastillas.
No había demorado en darse cuenta de que era
insoportable la responsabilidad de trabajar de dios en
los estadios, pero desde el principio supo que era imposible
dejar de hacerlo. «Necesito que me necesiten», confes
ó, cuando ya llevaba muchos años con el halo sobre
la cabeza, sometido a la tiranía del rendimiento sobrehumano,
empachado de cortisona y analgésicos y ovaciones,
acosado por las exigencias de sus devotos y por
el odio de sus ofendidos.
El placer de derribar ídolos es directamente proporcional
a la necesidad de tenerlos. En España, cuando Goicoechea
le pegó de atrás y sin la pelota y lo dejó fuera de
las canchas por varios meses, no faltaron fanáticos que
llevaron en andas al culpable de este homicidio premeditado,
y en todo el mundo sobraron gentes dispuestas
56
Eduardo Galeano
a celebrar la caída del arrogante sudaca intruso en las
cumbres, el nuevo rico ése que se había fugado del hambre
y se daba el lujo de la insolencia y la fanfarronería.
Después, en Nápoles, Maradona fue santa Maradonna
y san Gennaro se convirtió en san Gennarmando. En
las calles se vendían imágenes de la divinidad de pantal
ón corto, iluminada por la corona de la Virgen o envuelta
en el manto sagrado del santo que sangra cada seis
meses, y también se vendían ataúdes de los clubes del
norte de Italia y botellitas con lágrimas de Silvio
Berlusconi. Los niños y los perros lucían pelucas de
Maradona. Había una pelota bajo el pie de la estatua del
Dante y el tritón de la fuente vestía la camiseta azul del
club Nápoles. Hacía más de medio siglo que el equipo de
la ciudad no ganaba un campeonato, ciudad condenada
a las furias del Vesubio y a la derrota eterna en los campos
de fútbol, y gracias a Maradona el sur oscuro había
logrado, por fin, humillar al norte blanco que lo despreciaba.
Copa tras copa, en los estadios italianos y europeos,
el club Nápoles vencía, y cada gol era una profanaci
ón del orden establecido y una revancha contra la
historia. En Milán odiaban al culpable de esta afrenta
de los pobres salidos de su lugar, lo llamaban jamón con
rulos. Y no sólo en Milán: en el Mundial del 90, la mayor
ía del público castigaba a Maradona con furiosas
silbatinas cada vez que tocaba la pelota, y la derrota
argentina ante Alemania fue celebrada como una victoria
italiana.
Cuando Maradona dijo que quería irse de Nápoles,
hubo quienes le echaron por la ventana muñecos de cera
atravesados de alfileres. Prisionero de la ciudad que lo
adoraba y de la camorra, la mafia dueña de la ciudad, él
ya estaba jugando a contracorazón, a contrapié; y entonces,
estalló el escándalo de la cocaína. Maradona se
convirtió súbitamente en Maracoca, un delincuente que
se había hecho pasar por héroe.
57
El fútbol a sol y sombra
Más tarde, en Buenos Aires, la televisión trasmitió el
segundo ajuste de cuentas: detención en vivo y en directo,
como si fuera un partido, para deleite de quienes
disfrutaron el espectáculo del rey desnudo que la policía
se llevaba preso.
«Es un enfermo», dijeron. Dijeron: «Está acabado». El
mesías convocado para redimir la maldición histórica
de los italianos del sur había sido, también, el vengador
de la derrota argentina en la guerra de las Malvinas,
mediante un gol tramposo y otro gol fabuloso, que dejó a
los ingleses girando como trompos durante algunos años;
pero a la hora de la caída, el Pibe de Oro no fue más que
un farsante pichicatero y putañero. Maradona había traicionado
a los niños y había deshonrado al deporte. Lo
dieron por muerto.
Pero el cadáver se levantó de un brinco. Cumplida la
penitencia de la cocaína, Maradona fue el bombero de la
selección argentina, que estaba quemando sus últimas
posibilidades de llegar al Mundial 94. Gracias a
Maradona, llegó. Y en el Mundial, Maradona estaba siendo
otra vez, como en los viejos tiempos, el mejor de todos,
cuando estalló el escándalo de la efedrina.
La máquina del poder se la tenía jurada. Él le cantaba
las cuarenta, eso tiene su precio, cl precio se cobra al
contado y sin descuentos. Y el propio Maradona regaló
la justificación, por su tendencia suicida a servirse en
bandeja en boca de sus muchos enemigos y esa irresponsabilidad
infantil que lo empuja a precipitarse en
cuanta trampa se abre en su camino.
Los mismos periodistas que lo acosan con los micró-
fonos, lc reprochan su arrogancia y sus rabietas, y lo
acusan de hablar demasiado. No les falta razón; pero no
es eso lo que no pueden perdonarle: en realidad, no les
gusta lo que a veces dice. Este petiso respondón y calent
ón tiene la costumbre de lanzar golpes hacia arriba. En
el 86 y en el 94, en México y en Estados Unidos, denun58
Eduardo Galeano
ció a la omnipotente dictadura de la televisión, que estaba
obligando a los jugadores a deslomarse al mediodía,
achicharrándose al sol, y en mil y una ocasiones más,
todo a lo largo de su accidentada carrera, Maradona ha
dicho cosas que han sacudido el avispero. Él no ha sido
el único jugador desobediente, pero ha sido su voz la
que ha dado resonancia universal a las preguntas más
insoportables: ¿Por qué no rigen en el fútbol las normas
universales del derecho laboral? Si es normal que cualquier
artista conozca las utilidades del show que ofrece,
¿por qué los jugadores no pueden conocer las cuentas
secretas de la opulenta multinacional del fútbol?
Havelange calla, ocupado en otros menesteres, y Joseph
Blatter, burócrata de la FIFA que jamás ha pateado una
pelota pero anda en limusinas de ocho metros y con chó-
fer negro, se limita a comentar:
—El último astro argentino fue Di Stéfano.
Cuando Maradona fue, por fin, expulsado del Mundial
del 94, las canchas de fútbol perdieron a su rebelde
más clamoroso. Y también perdieron a un jugador fant
ástico. Maradona es incontrolable cuando habla, pero
mucho más cuando juega: no hay quien pueda prever
las diabluras de este inventor de sorpresas, que jamás
se repite y que disfruta desconcertando a las computadoras.
No es un jugador veloz, torito corto de piernas,
pero lleva la pelota cosida al pie y tiene ojos en todo el
cuerpo. Sus artes malabares encienden la cancha. El
puede resolver un partido disparando un tiro fulminante
de espaldas al arco o sirviendo un pase imposible, a lo
lejos, cuando está cercado por miles de piernas enemigas;
y no hay quien lo pare cuando se lanza a gambetear
rivales.
En el frígido fútbol de fin de siglo, que exige ganar y
prohibe gozar, este hombre es uno de los pocos que demuestra
que la fantasía puede también ser eficaz.
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El fútbol a sol y sombra. Regalo de lectura previo a la cita mundialista. Este libro rinde homenaje al fútbol, música en el cuerpo, fiesta
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